Las Merindades de Burgos

Descubriendo Las Merindades de Burgos, situadas al norte de Burgos:

Puentedey; Escaño y Salazar

Villarcayo y Medina de Pomar

La mañana extiende su bruma por las Merindades. En el norte de Burgos, siete son los territorios así llamados. Cada uno de ellos era gobernado antaño por un miembro de la nobleza, un merino, nombrado por el rey. Hoy, el paisaje es dueño de sí mismo. Entre cumbres el viento se delata, invisible, con el majestuoso girar de los molinos. Cada rincón de la comarca se contagia de un fulgor recién estrenado. Aquí nació Castilla. Aquí, ahora, nace una ruta por las Merindades.

Empezamos el viaje por el desfiladero de los Hocinos. Los montes se doblegan en un brusco cañón para franquear el paso al río Ebro. Abajo, entre hojas, discurre el cauce cargado de reflejos. Son estas corrientes serenas, pero de pulso tan firme que han rasgado el paisaje. Sobre los árboles la montaña se perfila en espectaculares farallones de roca. Es la cicatriz lentamente tallada, la herida que con suavidad el agua ha infligido al monte cerca del cielo. Estas alturas sólo son accesibles para el Buitre, señor de los crestones, que las recorre con su vuelo altivo. Quién pudiera, como él, hermanarse con el viento para dejarse llevar, lejos, hasta lugares de acceso imposible.

Desde arriba, el paisaje parece pintado. Sinuosas carreteras atraviesan la Merindad de Valdeporres en un intento por emular al Nela. Todavía se trata de un cauce joven, casi recién nacido y ya tan caprichoso que ni siquiera las piedras se resisten a su paso. Las corrientes centenarias horadaron una gran roca y abrieron un paso que todavía hoy parece esculpirse con reflejos esquivos. El hombre, celoso del poder del río, quiso entonces completar la estampa con un pueblo que encumbró a la plataforma. Lo llamó Puentedey: “El puente de Dios”. Esta misma piedra conforma un casco urbano inalterado, donde los antiguos edificios coronan el abismo con torres y tejados. Entre todos, destaca el palacio de Los Porres, que con sus dos torreones perpetúa en este rincón del monte un viejísimo linaje castellano.

En ocasiones, este paisaje resulta sobrecogedor. Sobre el horizonte la montaña se quiebra en escalones de roca caliza, conformando un inconfundible perfil que se repite por toda la comarca: barrancos y suaves pendientes que se rizan y levantan espectaculares atalayas. Éste será el escenario que nos acompañe en el camino hacia Escaño. Inmenso, el monte hace que el pueblo casi desaparezca. En realidad es apenas un puñado de casas dispersas donde, sin embargo, aguarda una joya románica. Ya en el año 1088 existía la iglesia que hoy se puede visitar, y que resulta ser la más antigua de la zona. En un silencio desmemoriado, de piedra, las campanas se engarzan en la espadaña. Sobre el tejado, el sol marca las horas de un viaje que retoma el curso del río Nela. El cauce es ahora más sosegado y las suaves corrientes se demoran bajo los árboles. La vegetación, espesa, sugiere pausas irresistibles, refrescantes. Son éstos lugares umbríos, rincones tranquilos hasta donde el agua y la luz han traído una danza de destellos. Muy cerca está Escanduso. Aquí, atrapada en una imagen de discreta sencillez, encontramos una de las ermitas más pequeñas del mundo. Por unos segundos la iglesia y el entorno nos atrapan en un instante sin tiempo, en un momento de hace siglos. Nada ha cambiado, y sólo el camino que se marcha traerá consigo lugares diferentes.

El camino continúa avanzando hasta Salazar. Derramadas sobre una ladera, estas casas de rojos tejados, de piedra y ladrillo, portan el nombre de un importante linaje de la comarca. Los Salazar fueron una gran familia feudal, eternamente enfrentada a los Velasco por el control de estas tierras. Entre los siglos IX y XV ostentaron un poder que casi no tenía parangón en la zona, y que incomodaba incluso a los propios monarcas. La sobria arquitectura típica, con casas cuadradas de piedra, relata en escudos de armas la antigüedad de aquellos que las habitaron. Aquí, en la Merindad de Castilla la Vieja, cualquier pueblo fue testigo de la historia cuando apenas estaba esbozada. Esos tiempos de señores y eternas rivalidades enterraron en Burgos la semilla de la eternidad que hoy, nosotros, recogemos en nuestra ruta.

Nos acercamos al centro de las Merindades de Burgos. Los valles alternan vegetaciones arbóreas con el dorado manto de los cultivos. El trazo del paisaje, ondulado, se desliza en líneas serpenteantes. Los cereales, como oro de la tierra, crecen más allá del lugar hasta donde llega la vista. Es tanta la riqueza de estos campos fértiles que ya Felipe II, el monarca más poderoso, quiso arrebatar su control a los señores del siglo XVI. Este rey convirtió a Villarcayo, por ser ciudad de realengo y no de señoríos, en la capital de toda la provincia. Sus calles fueron engalanadas con amplios balcones, solanas de madera que todavía cuelgan en las fachadas. Este elemento, típico de Burgos, ha evolucionado con los diferentes gustos hasta mostrar una gran variedad. También en las casonas, hidalgos blasones cantan la longevidad de los linajes que aquí hubo, y que el tiempo ha reducido a piedra. La capital es hoy una tranquila población de pausas sosegadas y cómodo habitar. El ayuntamiento, neoclásico, se yergue sobre las graciosas columnas del pórtico. Aquí, en el corazón administrativo de la comarca, el reloj marca las horas de las Merindades.

No muy lejos de allí se encuentra Bisjueces con su templo renacentista. En la fachada, están los dos jueces que a mediados del siglo IX se acogían a las viejas tradiciones prerromanas para impartir justicia. La historia les ha convertido en mitos de Castilla.

Nos acercamos al final de la ruta. Una vez más, el inconfundible entorno de las Merindades nos asalta con sus ocres, con esos vibrantes amarillos que el campesino extendió sobre las lomas. Cada minuto de la tarde se retrasa contemplando este paisaje, suave, dorado y siempre distinto.

Pronto se dibujará en lontananza el inconfundible perfil de la ciudad, con sus casonas, sus campanarios y ese alcázar que proclama el viejo esplendor de un apellido: los Velasco. En el año de 1369, Enrique II donó la villa a don Pedro Fernández de Velasco, poderoso señor de la comarca. El castillo del siglo XIV, también conocido como “Las Torres”, evoca tiempos de batallas y enfrentamientos entre familias feudales, entre los Velasco y los Salazar. Como centro del Señorío y capital de las Merindades, esta villa fue un importante lugar de comercio donde convivieron diferentes culturas. El abigarrado laberinto de sus calles, guarnecido de balcones y miradores, atrapado entre arcos, fue antaño populosa judería de artesanos y mercaderes. Durante la reconquista se impuso un Cristianismo que se haría piedra en la Iglesia de Santa Cruz, de orígenes románicos. El siglo XIX trajo pórticos para el templo y para la Plaza Mayor, donde se levanta el Ayuntamiento. El esplendor de los Velasco se extiende más allá del casco urbano, hasta el Convento de Santa Clara. Fundado en 1313 por Sancho Sánchez de Velasco, el monasterio ostentó un gran poder en Castilla y llegó a ser Panteón de los señores. Muy cerca, la Iglesia de Nuestra Señora del Rosario levanta un sencillo gótico para despedir la ruta.

Se acaba el día. Los campos de las Merindades, inundados de cereal, se encienden con los últimos rayos de sol. Sobre el paisaje, las pacas ya recogidas conforman una curiosa geometría, un juego de círculos y líneas que pronto se apagará. El crepúsculo se propaga por cada espiga, se enreda entre los hierros del arado, se despide de Medina. Las montañas ocultarán la tarde, y sólo esa firme silueta de las torres se dibujará contra el cielo. Ha terminado una ruta por las Merindades de Castilla.


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Aquí os dejamos algunos enlaces de interés:

Página Oficial del Patronato de Turismo de Burgos

Mancomunidad Las Merindades

Página Oficial de Turismo de Castilla y León

Wikipedia: Las Merindades

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